El apoyo social en salud. Los beneficios del trabajo social sanitario como proveedor de apoyo social

Incluido en la revista Ocronos. Vol. III. Nº 7– Noviembre 2020. Pág. Inicial: Vol. III;nº7:76

Autor principal (primer firmante): María de los Ángeles Araya

Fecha recepción: 6 de septiembre, 2020

Fecha aceptación: 22 de noviembre, 2020

Ref.: Ocronos. 2020;3(7):76

Autora: María de los Ángeles Araya

               Máster en el Instituto Psicobiológico


Resumen

Los estudios científicos de la actividad cerebral en laboratorio comienzan a evidenciar un nuevo predictor emergente de salud, el apoyo social, utilizando marcadores habituales de salud como la tensión arterial, la expresión de genes proinflamatorios y la actividad del sistema nervioso periférico que se han correlacionado negativamente con la actividad del apoyo social. Los hallazgos iniciales de la neurociencia muestran interesantes datos en los correlatos neurales de las conexiones o sistemas neuronales del cerebro social; que se han relacionado con el apoyo, la crianza, el cuidado, la conexión con los demás y la solidaridad.

Palabras clave:

Apoyo social, neurociencia, predictor de salud, interacción social, trabajo social sanitario, red por defecto, solidaridad

Abstract

Scientific studies of brain activity in the laboratory are beginning to show a new emerging predictor of health, social support, using common health markers such as blood pressure, pro-inflammatory gene expression, and peripheral nervous system activity that have been negatively correlated with social support activity.

Initial neuroscience findings show interesting data on neural correlates of neural connections or systems of the social brain; which have been related to support, nurture, care, connection with others, and solidarity.

Keywords: Social support, neuroscience, health predictor, social interaction, health social work, default network, solidarity

Introducción

El apodado término apoyo social ha sido controvertido y ambiguo de definir por las ciencias sociales. Además en algunas ocasiones se utilizan términos como relaciones sociales, integración social o redes sociales para definir este fenómeno social. El cual ha sido objeto de estudio para explicar los factores no biológicos que afectan a la salud, que pueden favorecer los procesos de recuperación y que tienen consecuencias positivas y directas sobre el estado de salud. Interés que motivó en la década de los ochenta estudios sobre este fenómeno social que afectaba a algunas enfermedades y trastornos, por ser considerado importante en programas sanitarios de rehabilitación y tratamiento (Cohen y Syme, 1985, Barrón, 1996), así como la relación con problemas de origen psicosocial como drogadicción, desestructuración familiar, etc (Gracia, Herrero y Musitu 1995) o por percatarse de la reducción de costes sanitarios.

De hecho hay estudios que demuestran que el apoyo social provoca un efectoen la salud de las personas al observar su pronta recuperación cuando tienen buen apoyo social, alcanzando mejor estado de salud y bienestar a diferencia de otras sin apoyo social que no reducían los efectos negativos de la enfermedad.

Este fenómeno multidimensional en constante flujo asociado al bienestar y la salud ha sido definido por diferentes autores creando controversias con respecto a su epistemología. Esta imprecisión de términos también afecta a nuestro trabajo social, donde el apoyo social puede significar ofrecer asistencia, respaldo, sustento, tranquilidad, orientación, aliento, validación, cuidado, preocupación y amor (Feltham y Dryden 1993: 187).

Lo cierto, es que el apoyo responde a nuestra verdadera naturaleza social. El ser humano tiene una necesidad, imperiosa y universal a su naturaleza y origen, de vínculos afectivos e interacción social esenciales para el desarrollo de su adecuada personalidad y promulgar una conducta social apropiada (Faris 1934 cit. Fernández R. 2005), y tiene base emocional en el apego creado en la infancia, que se consolida a lo largo de nuestra vida con los vínculos íntimos de nuestras relaciones sociales posteriores, como pareja, amistades, compañeros y compañeras de trabajo, etc. De hecho, Daniel Goleman lo explica muy bien en la entrevista ofrecida al diario mejicano El Universal (2006)“ las relaciones no sólo moldean nuestra experiencia, sino también nuestra biología, de modo que las relaciones nutritivas tiene un impacto benéfico sobre la salud, mientras que las tóxicas pueden actuar como un veneno lento en nuestro cuerpo”.

Derivado de esta naturaleza, se ha estudiado el denominado cerebro social, de ahí que, las similitudes entre sus funciones y los aspectos estructurales y funcionales del apoyo social no son mera coincidencia, tal como lo define Ander Egg “es humano, existencial y personal” (2004)

Desarrollo

La observación del apoyo social discurre indudablemente por la interacción social en la red social de la persona. Realizando una revisión bibliográfica podríamos acercarnos a las diferentes dimensiones del apoyo social como la satisfacción de las necesidades sociales básicas de estima, pertenencia, (Kaplan, Cassel y Gores 1977), afiliación, afecto, seguridad e identidad (Thoits 1982) a partir de relaciones de confianza (Johnson y Sarason 1979a,b) donde se dan transacciones (Kahn y Anttonucci 1980-81) entre dos o varias personas que están en la misma red social y desempeñan el papel de proveedor o receptor (Shumaker y Brownell 1984-85) de dicha transacción, mediante la provisión de apoyo espiritual, emocional, instrumental o informativo (Hanson, Isacsson, Janzon y Lindell 1989) percibido o recibido y proporcionadas en la comunidad, redes sociales y personas de confianza en situaciones cotidianas o de crisis (Lin, Dean, Ensel 1986-1989) en un contexto de seguridad, refuerzo, afirmación, validación y estímulo, bajo una atmósfera de respeto positivo e incondicional y de cuidado (Mella y cols., 2004; Finfgeld-Connett, 2005) pudiendo ser positivo o negativo (Sluzki 1996). Pero siempre con el propósito de proteger, auxiliar o ayudar –a otro u otros– a afrontar situaciones problemáticas (Ander 2004) y promover la salud y el bienestar (Cohen 2000).

Desde la perspectiva estructural del apoyo social se utilizan los análisis de redes sociales sustentado en los análisis matemático de la Teoría de grafos, en la cual no entraremos por no ser objeto de este artículo. Pero si aprovechamos para destacar otros aspectos estructurales, como: el tamaño, densidad, frecuencia, utilización y accesibilidad (Ganster y Víctor 1988); direccionalidad (recibido o provisto), disposición (disponible o ejecutado), contenido (emocional, instrumental, informativo y evaluativo), proximidad (en que parte de la red se encuentra) y la descripción subjetiva del apoyo (evaluación subjetiva respecto a la cantidad y contenido de los recursos de apoyo disponibles) (Tardy, 1985). Importantes atribuciones para valorar la red de apoyo.

La interacción social entre las relaciones de la red facilitan el apoyo social de forma organizada o informal, y en contextos diferentes como los servicios públicos, el tercer sector, las asociaciones y clubs, que a través de la integración social, normativa y orden social ofrecen sentimiento de pertenencia a la comunidad (Ensel, Lin 1986), sus valores y códigos morales y éticos. Esta interacción puede ser violentada o potenciada por situaciones o contextos nuevos, inciertos y cambiantes como el escenario indómito de la pandemia del SARS2- COVID19. Evidenciando las fortalezas y vulnerabilidades de nuestro tejido social y facilitando la oportunidad de nuevos y activos movimientos solidarios que forjan las relaciones y el apoyo en un entorno tan volátil. Dando una respuesta social importante en un contexto social abrumador para las relaciones sociales y los vínculos.

Por otro lado, converge el contexto donde se fraguan relaciones de compañerismo, amistad y vecindad, que estructuralmente estarían situadas cerca de la persona y le permiten tener sentimiento de vinculación en esas relaciones. Y por último, nos encontraríamos el entorno de soporte social más próximo al individuo que proporciona sentimientos estrechos de vínculos, donde se establecen los primeros intercambios y se espera que éstos sean garantes de seguridad, protección, amor y comunicación. Ofreciendo la posibilidad de escenarios responsables recíprocos y mutuos de bienestar. Este soporte es evidentemente la familia y la pareja que ofrece sentimiento de confianza y compromiso. De hecho, las investigaciones en animales y humanos en los campos de psicología, psiquiatría, antropología y salud pública convergen en la importancia de tener y mantener vínculos de crianza y afiliación para el funcionamiento normal, el bienestar y la felicidad (Baumeister & Leary, 1995; Bowlby, 1988; Czikszentmihalyi & Hunter, 2003; Diener & Seligman, 2002; House, Landis, Umberson, 1988; Harlow, 1958; Taylor, 2007; Panksepp, 1998 cits. en Inagaki 2014).

Las diferentes líneas de investigación sobre el apoyo social establecen varias hipótesis que intentan explicar la relación existente entre la morbilidad y mortalidad desde el contexto social, centrándose en los efectos que tienen las relaciones sociales sobre la salud de los individuos.

La hipótesis del efecto directo Caplan(1974), Broadhead y James (1983): Postula que el apoyo social puede ser un protector frente a la patología repercutiendo positivamente sobre la salud independientemente de la presencia de estrés. Desde esta hipótesis se consagra que, si los otros factores que afectan a la salud se mantienen constantes, son los niveles de apoyo social los que reflejarán en el mismo nivel el bienestar físico y mental.

La hipótesis del efecto amortiguador Cobb y Cassel (1976); Cohen y Wills, (1985): Refrenda que el apoyo social se relaciona con el ajuste o modo de enfrentar un evento estresante. Presentándose por lo tanto, el apoyo social como una variable moduladora entre el estrés ambiental y la salud siempre que exista estrés, fortaleciendo las conductas de afrontamiento (“copping”) para modelarlas. Sin embargo, mantiene que el apoyo social no influye en la salud de las personas que no tienen situaciones estresantes.

La potenciación de los efectos del apoyo social sobre la salud, dependerán del mantenimiento de las relaciones sociales, afectando positivamente sobre el comportamiento promotor de salud, mediante el aprendizaje y nuevas formas de afrontamiento, el sentimiento de valía/ logro, la integración social, afirmación, alianza y orientación (Weiss 1974). Ejemplo sin parangón, los nuevos modelos relacionales emergentes en la pandemia SARS2-COVID19, donde el confinamiento y distanciamiento mínimo social pone límites a nuestro modelo vincular anterior y surgen nuevas formas electrónicas o telemáticas de conformar y mantener las relaciones, el vínculo y sentir el apoyo y contacto con tus familiares, allegados y amigos.

El primer requisito para observar apoyo social es la existencia de las relaciones sociales, pero luego dependerá de las destrezas o habilidades de la persona, que se fraguan en el grupo primario, para lograr y mantener viva la relación. Sin embargo, los factores psicológicos, emocionales, sociales, culturales y contextuales que se imbrican para mantener vivo el vínculo, son complejos y manifiestan un flujo de energía interpersonal importante que puede facilitar e incluso dificultar las relaciones sociales y el resultado del apoyo social. De hecho queda manifiestamente contrastado ante las nuevas circunstancias pandémicas que los flujos de energía interpersonal no son estáticos sino vivos y dependerán de las variables contextuales, culturales y sociales para ser más ampliamente propiciadas o dificultadas. De hecho, las relaciones pueden ser tensas, conflictivas o excesivamente exigentes (Rook 1990a), y no representan, por tanto, un beneficio en la transacción. O por contra pueden ser relaciones honestas, generosas y cercanas como las que se han despertado en el contexto social de la pandemia sanitaria del SARS2- COVID19 poniendo de manifiesto la solidaridad social.

Sin embargo, en el intento por explicar los mecanismos que subyacen al fenómeno hedónico de permanecer conectados socialmente, la neurociencia comienza a producir estudios neurofisiológicos y neuroquímicos del cerebro. Acumulando evidencias sobre el circuito de conexión o vinculación social que activa y descarga una cascada de respuestas químicas, neurofisiológicas, conductuales y sociales que fundamentan la necesidad no sólo de relacionarnos sino de apoyarnos.

En concreto los estudios epidemiológicos demuestran el apoyo social como: indicador de morbimortalidad, y promotor de salud (Buendía, 1991; House, Landis U. 1988 y Schawarzer y Leppin 1989-1991). Así como, la existencia de tasas de mortalidad más altas en personas con escaso apoyo social, sobre todo en “enfermedades cardiovasculares (Berkman et al., 1992; Brummett et al., 2001; Frasure-Smith et al., 2000; Kaplan et al., 1988; Orth-Gomer et al., 1993; Rutledge et al., 2004 ; Williams et al., 1992), cáncer (Ell et al., 1992; Hibbard y Pope, 1993; Welin et al., 1992) en enfermedades infecciosas (Lee y Rotheram-Borus, 2001; Patterson et al. , 1996) y mortalidad” (cits. en Uchino 2006), así como en trastornos durante el embarazo (Antonnucci, Kahn y Akiyama 1989 cit en Landete, O. y Breva, A. 2000)

Pero las imágenes neurofisiológicas de los sistemas neuronales que se activan con el apoyo social, comienzan a diferenciar entre los efectos para el receptor del apoyo y para el proveedor del apoyo, siendo en éste último también contribuyente de salud (Brown & Brown, 2008; Inagaki, 2018). Los estudios vinculan el apoyo social con mecanismos biológicos como menor tensión arterial y arteriosclerosis (función cardiovascular) menor nivel de catecolaminas, cortisol, interluquina, mayor nivel de oxitocina (función neuroendocrina) y mayor actividad de las células natural killer (función inmunológica). (Uchino, 2006; Inagaki 2019).

La visión e intervención desde el trabajo social sanitario en el apoyo no sólo radica como agente promotor de salud, al realizar especial hincapié en el tejido asociativo con los grupos de apoyo social. Sino también, en el apoyo directo e indirecto a pacientes que pudieran estar dentro de grupos de riesgo, como: personas excluidas o en soledad, personas mayores, cuidadoras principales y pacientes con diferentes patologías como: patologías que cursen con dolor (dolor neuropático, fibromialgia, espondilitis anquilosante, etc) procesos inflamatorios e infecciosos, cardiológicos, cancerígenos, grandes quemados, procesos autoinmunes, enfermedades raras, pacientes con trastornos mentales graves y pacientes confinados. El propio vínculo con el paciente y de éste a su vez con su soporte social más próximo, están dentro de un modelo de trabajo con una intervención comprometida y varios niveles de acción.

Nuestro esfuerzo por posibilitar que la persona saque mayor provecho de su vida o avance a experiencias nuevas y fructíferas es profundamente satisfactorio. Para ello, la trabajadora social y la persona se unen en una relación terapéutica como primer nivel de apoyo creando un vínculo terapéutico, depositando ambos una confianza recíproca que influya en los patrones comunicativos de la persona y en la respuesta del entorno, para forjar mejores transacciones en el micro sistema (pareja, familia, hijos) como segundo nivel de apoyo.

Y por otro lado, el tercer nivel de apoyo está en el trabajo en red, una espacio dinámico de intercambio y reflexión, donde se reconfiguran y redefinen múltiples realidades desarrollando alternativas estratégicas y novedosas al activar el sistema de red por defecto de forma multidisciplinar. Esto nos enriquece y motiva a querer hacerlo mejor y cuidar/ayudar a los demás desde la acción conjunta, responsable y solidaria.

Todo ello, siempre sin perder de vista nuestro costo emocional, físico y social. Sabiendo que pertenecer a colectivos profesionales de riesgo, es cuidar y mimar también nuestro contexto de apoyo social: pareja, familia, amigos/ as, compañeros/ as de trabajo, vecindad, etc.

La conjunción entre las novedosas técnicas de neuroimagen cerebral y el feedback del complejo sistema psiconeuroinmunoendocrino comienzan a inducir la primacía de nuestra naturaleza social, en incipientes resultados sobre los mecanismos subyacentes al apoyo social. Se revelan los beneficios para el proveedor del apoyo con la activación de regiones neurales relacionadas con la recompensa y placer, y de regiones relacionadas con el comportamiento del cuidado. Ambos, inhiben las respuesta al estrés, suprimen la reactividad de la amígdala y del eje hipotálamo hipofisario adrenal (HPA) y activan el sistema dopaminérgico para ofrecer analgesia y oxitocina (Inagaki 2012). Y por otro lado, la activación neuronal de la llamada red por defecto, nos ofrece un contexto de reflexión donde se despierta la conexión con los demás, la comprensión, la solidaridad y aumenta nuestra probabilidad de ofrecer apoyo a los demás (Inagaki et al. 2019). Sobre todo en momentos como la actual pandemia, donde los diferentes contextos relacionales del individuo se entremezclan en una amalgama de vínculos con otras redes.

Todo ello ofrece al proveedor del apoyo social un efecto ansiolítico, calmante, gratificante, de cercanía y afecto. Aunque existen algunas excepciones, como en el caso de las cuidadoras familiares sin elección, que ejercen este apoyo y cuidado y experimentan alta tensión y carga de forma prolongada (Schulz 1999). Y en el caso de profesionales del ámbito comunitario de ayuda pueden sufrir agotamiento emocional (uno de los síntomas del burn out) y el objeto (tipo de ayuda) del apoyo social no sea legítimamente elegido por ese profesional. O como ha ocurrido en el entorno pandémico que la inestabilidad e inseguridad del contexto, pone en jaque la resistencia emocional de los profesionales comunitarios. Así como, el caso de las mujeres, que mantienen una sobreactivación emocional al ser, por mandato de género, proveedoras primarias de apoyo en su grupo más cercano, en definitiva lo que socialmente se espera de ellas como proveedoras del apoyo (como por ejemplo las “abuelas esclavas” definidas por Antonio Guijarro, la feminización en la resolución de problemas familiares, etc) provoca la connotación negativa del apoyo.

Conclusiones

Existe una fundamentada interdependencia beneficiosa entre la salud física, psicológica y social y el apoyo social. Tanto, para aquellas personas que a lo largo de su continuo familiar social ejercen el apoyo social o han recibido apoyo, como para aquellas que por su labor profesional asisten a otras personas ejerciendo un apoyo social organizado y distribuido en el sector comunitario, como: los trabajadores sociales u otros profesionales del sector de salud (psicología, medicina y enfermería), del sector educativo o cualquier sector público como agentes de policía, militares, etc. Que aun siendo profesiones de riesgo por su alto nivel de atención y tensión, fortalecen su capacidad de adaptación a las adversidades laborales implementándose como profesionales proveedores de apoyo social, aumentando si nivel de resiliencia junto con la población que asisten.

Como se ha puesto de manifiesto durante el estado de alarma sanitaria por SARS2-COVID19 en España, en las imágenes del interior de los hospitales y recinto de IFEMA, preparado como hospital de campaña para la atención de pacientes contagiados por coronavirus, donde los sanitarios se esmeran por manifestar abiertamente sus emociones agradables y desarrollar actividades lúdico artísticas que faciliten la creación de vínculos con los pacientes en momentos tan dramáticos. Siendo no sólo clave en la generación del vínculo y la confianza, sino también en la liberación de estrés, ansiedad, miedo, sobrecarga laboral, y por ende beneficios en los sistemas neurofisiológicos del plano psiconeuroinmunoendocrinologicosocial.

 Realmente nuestra capacidad de brindar ayuda se relaciona a su vez, con nuestra propia historia personal en el vínculo con nuestra red y nuestra capacidad para recibir y ofrecer ayuda de nuestra red.

 En palabras de Howe, «ayudar es una prueba del ayudante como persona» (1987)

Este corolario beneficioso y recíproco se encuentra en la base del apoyo social donde se nutren los hilos que tejen el compromiso social y la solidaridad social.


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